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Clasificación: Relato no verificado

La “ciudad sumergida” de Cuba: qué encontró el sonar en Guanahacabibes

Una búsqueda de naufragios reveló formas geométricas a hasta 750 metros de profundidad. El sonar, un robot submarino y una placa nunca recogida alimentaron la hipótesis de una ciudad perdida, pero la evidencia aún no permite confirmarla.

Península de Guanahacabibes, Pinar del Río, Cuba · Ver historias de este lugar y alrededores

La expedición no buscaba la Atlántida

En 2000, una expedición cubano-canadiense examinaba el fondo marino cerca de la península de Guanahacabibes, en el extremo occidental de Cuba. Exploramar buscaba principalmente naufragios. Al pie del Bajo de San Antonio, a cientos de metros de la superficie, un sonar de barrido lateral detectó formas inusuales. El equipo llamó MEGA a la zona. El geólogo cubano Manuel A. Iturralde-Vinent, participante en la investigación, situó las estructuras a unos 600 a 750 metros de profundidad frente a la península. El marcador de Nocturna señala solo una región aproximada; no es una coordenada comprobada de cada forma.

El sonar no es una cámara. Envía ondas acústicas y convierte los ecos del relieve y los materiales en un mapa de contrastes. Algunas formas mayores parecían alinearse en ángulos. La ingeniera Paulina Zelitsky interpretó ciertos tramos como corredores, compartimentos y muros gruesos. Pero una imagen sugerente no permite saber si una línea fue tallada, construida, desplazada por un derrumbe o resaltada por el procesamiento de datos. En ese espacio entre observación e interpretación nació el titular de la “ciudad sumergida”.

Lo que el robot vio de verdad

Después del mapeo, el equipo bajó un pequeño vehículo operado a distancia, llamado Rob, para tomar fotografías y vídeos cerca del fondo. No mostró fachadas ni calles. Registró bloques rocosos dispersos, algunos irregulares y otros poliédricos. Iturralde describió uno de aspecto cuadrangular y otro, de alrededor de un metro, con forma piramidal. Su informe distingue las grandes formas vistas por sonar, de decenas o hasta un centenar de metros, de los bloques pequeños observados de cerca. Esa diferencia es esencial: un trazo acústico parecido a un “muro” no es un muro excavado y medido por arqueólogos.

Hay un detalle que rara vez sobrevive en las versiones virales. Iturralde observó en ciertas superficies marcas de erosión compatibles con corrientes. La expedición recogió sedimentos y fragmentos pequeños en el área, incluido material parecido a escoria volcánica y guijarros. No eran muestras identificadas de los propios bloques geométricos; el geólogo señaló que su composición seguía sin conocerse. Por ello, hallar fragmentos en una muestra del fondo no prueba ni la construcción de una ciudad ni la procedencia precisa de las piedras mayores.

Otra imagen intrigó especialmente al investigador: una placa gris de unos 20 a 30 centímetros, encajada en una roca cerca de los 700 metros. A distancia, le pareció posiblemente metálica. El robot no recogió ninguna muestra. Sin análisis del material, fecha o procedencia, “metal” sigue siendo una impresión visual y no una identificación de laboratorio. El equipo intentó regresar, pero, según el relato posterior de Iturralde, el cable del vehículo perdía comunicación cerca de los 500 metros. La pregunta quedó fuera del alcance de la misión.

Cómo una posibilidad se convirtió en ciudad en los titulares

El caso se difundió internacionalmente en 2001. Las imágenes de sonar y las descripciones de piedras geométricas circularon junto con ideas sobre una ciudad antigua, una civilización desconocida e incluso la Atlántida. Sin embargo, en diciembre de ese año Zelitsky decía a la prensa que todavía era pronto para decidir si las estructuras eran humanas o naturales. En 2002, periodistas entrevistaron al equipo y a especialistas; los titulares en forma de pregunta reflejaban una investigación abierta, no un descubrimiento arqueológico concluido.

Las imágenes de pirámides completas y avenidas submarinas que acompañan hoy muchos relatos no son fotografías del lugar. Iturralde explicó en 2024 que la mayoría de las formas mayores está bajo la arena y que esas vistas espectaculares son reconstrucciones artísticas. El lector puede comparar las figuras reales de sonar y las fotos de bloques en su informe. Precisamente son útiles porque muestran menos, y obligan a ser más cuidadosos, que las ilustraciones de internet.

El problema de los 600 metros

Una explicación frecuente propone que la subida del mar al final de la última glaciación cubrió la ciudad. La escala no basta por sí sola. Según el IPCC, el nivel medio global del mar en el Último Máximo Glacial estaba unos 125 a 134 metros por debajo del actual. Las estructuras de MEGA se encuentran entre 600 y 750 metros de profundidad. Así, la subida posglacial ordinaria no puede, por sí sola, convertir ese fondo en tierra habitable reciente. Habría que demostrar además un desplazamiento vertical mucho mayor del terreno, con mecanismo y fecha geológica compatibles.

Iturralde mencionó cambios bruscos de pendiente e indicios de deslizamientos cercanos, pero advirtió que los datos disponibles no permiten saber si la zona de MEGA estuvo alguna vez emergida. La profundidad tampoco sirve para fechar una supuesta ciudad mediante una cuenta sencilla. Sin probar ocupación humana e historia geológica del lugar, las edades asignadas a las “ruinas” son especulativas.

Tres explicaciones, ningún veredicto

En un informe preliminar presentado en 2014, Iturralde examinó tres posibilidades: formas enteramente naturales; construcciones humanas; o formaciones naturales modificadas después por personas. Fallas y fracturas, disolución kárstica, corrientes, erosión y movimientos de masa pueden crear geometrías sorprendentes. A la vez, la repetición de algunas alineaciones y el aspecto de ciertos bloques merecen una inspección cuidadosa. Ninguna observación aislada distingue una obra de una coincidencia geológica.

Según el geólogo, la investigación se interrumpió en 2005 tras desacuerdos entre los participantes. En una entrevista de 2024 afirmó que desde entonces no hubo más trabajo de campo en el sitio y que otra misión requeriría una inversión considerable. Su informe de 2014 es un análisis preliminar de los datos de la expedición, no una excavación concluyente ni una datación arqueológica independiente.

Para responder haría falta repetir el levantamiento con sonar moderno, publicar mapas georreferenciados, obtener imágenes continuas de las estructuras mayores, tomar muestras directamente de los bloques y de la placa, estudiar su petrografía y buscar artefactos en un contexto estratigráfico verificable. Solo entonces tendría sentido investigar una edad y una posible relación con actividad humana.

El límite de la evidencia

Existe un hallazgo real: registros acústicos de formas inusuales e imágenes de rocas en aguas profundas. No hay una demostración publicada de calles, edificios, artefactos fechados o una ciudad construida por seres humanos. El caso sigue fascinando porque muestra cómo una imagen técnica, una expedición interrumpida y unas ilustraciones posteriores pueden fundirse en una certeza aparente. En Guanahacabibes, la pregunta honesta continúa abierta: ¿qué procesos produjeron aquellas formas?

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Fuentes

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Estos enlaces ayudan a investigar el contexto; por sí solos no confirman las afirmaciones de la historia.