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Clasificación: Documentado

Salem: cómo las acusaciones se volvieron juicios, condenas y memoria

Entre 1692 y 1693, la crisis de brujería en Massachusetts salió de la casa de un pastor, atravesó varias comunidades y dejó 25 muertos. Interrogatorios, peticiones y revisiones posteriores muestran cómo una prueba imposible de refutar cobró fuerza y cómo los supervivientes intentaron reparar las sentencias.

Salem, Massachusetts, Estados Unidos · Ver historias de este lugar y alrededores

Un nombre para varios lugares

Solemos hablar de los “juicios de las brujas de Salem”, pero los hechos empezaron en Salem Village, una comunidad rural hoy integrada en Danvers, Massachusetts. Hubo audiencias y juicios también en Salem Town, la ciudad portuaria, y las acusaciones alcanzaron Andover y otras localidades. El marcador de Nocturna indica aproximadamente la región de Salem; no reúne todos los sucesos en una sola dirección.

A principios de 1692 la colonia vivía tensiones religiosas y políticas, disputas locales y el miedo provocado por la guerra en la frontera del actual Maine. La nueva carta colonial concedida en 1691 modificaba la relación con la Corona inglesa. Estas circunstancias no “causaron” automáticamente las acusaciones; crearon un ambiente donde las explicaciones sobrenaturales de enfermedades y conflictos encontraron instituciones dispuestas a escucharlas. No se ha demostrado una causa única como el pan contaminado o una simple disputa de tierras.

La casa del pastor y el pastel que se volvió contra sus autores

En enero, Betty Parris, hija de nueve años del reverendo Samuel Parris, y Abigail Williams, su sobrina de once, mostraron síntomas y conductas alarmantes. Ayunos, oraciones y remedios caseros no resolvieron el problema; empezó a hablarse de brujería. Cuando otras personas dijeron sufrir aflicciones semejantes, comenzaron las acusaciones a vecinos.

El 25 de febrero, la vecina Mary Sibley propuso un “pastel de brujas”: una práctica de contramagia con harina de centeno y orina de las niñas, que se dio a un perro para intentar revelar al supuesto agresor. Tituba y John Indian, ambos esclavizados en la casa de Parris, lo prepararon siguiendo sus instrucciones. Este detalle poco recordado impide contar que Tituba introdujo sola un ritual exótico. Sibley recibió una reprimenda religiosa y siguió con su vida; Tituba fue detenida y pasó más de un año encarcelada.

El 29 de febrero se emitieron órdenes de arresto contra Tituba, Sarah Good y Sarah Osborne. Good vivía en la pobreza; Osborne estaba enferma y se había alejado de los servicios religiosos; Tituba carecía de la libertad y protección disponibles para sus acusadores. Sus circunstancias ayudan a entender por qué ellas quedaron expuestas primero, sin suponer que todas las personas acusadas después compartían la misma condición.

Un interrogatorio que daba la respuesta

Las tres fueron examinadas el 1 de marzo. En la transcripción del interrogatorio de Sarah Osborne, un magistrado pregunta por qué lastima a las niñas; ella responde que no las lastima. La pregunta presupone precisamente lo que debería probarse. Tituba primero negó hacer daño y después describió figuras demoníacas y otras mujeres que supuestamente la obligaban a actuar. El registro conserva el cambio de su declaración; no verifica que existieran esas apariciones.

Su condición de esclavizada, la presión del interrogatorio y la posibilidad de abusos impiden tratar la “confesión” como admisión libre o prueba sobrenatural. Al nombrar a otras personas y describir un grupo mayor, su relato abrió nuevas vías de acusación. Tituba no fue ejecutada. Juzgada solo en 1693, fue declarada inocente; Parris se negó a pagar las tasas carcelarias y ella fue vendida a otro dueño para sufragar su liberación. Después desaparece de los registros conocidos.

De escuchar testigos a aceptar espectros

Los primeros exámenes eran preliminares: los magistrados decidían si una persona continuaría detenida hasta el juicio. En mayo, el gobernador William Phips creó la Corte de Oyer and Terminer, “oír y decidir”. Presidida por William Stoughton, empezó a juzgar en junio. Bridget Bishop fue condenada en la primera sesión y ahorcada el 10 de junio, la primera de diecinueve personas ejecutadas en la horca ese año.

La “prueba espectral” otorgaba peso a la afirmación de que la forma invisible de una persona acusada se había aparecido para atormentar a alguien. Quien no veía la aparición apenas podía refutar esa identificación. Ataques convulsivos en la audiencia, rumores antiguos, objetos atribuidos al acusado y comportamientos juzgados impropios podían sumarse a los relatos. Que un testigo declarara sufrimiento es un hecho histórico; la conclusión de que otra persona lo provocó mediante brujería no es una observación verificable.

Incluso personas que creían en la brujería criticaron ese procedimiento. En junio, ministros aconsejaron al tribunal no depender únicamente de visiones espectrales. La advertencia no detuvo las condenas. No fueron simplemente juicios “sin reglas”: un sistema judicial real adoptó un criterio de prueba capaz de convertir sospechas imposibles de comprobar en penas de muerte.

Rebecca Nurse: cuando no bastó el primer veredicto

Rebecca Nurse, anciana y respetada miembro de la iglesia, no encajaba en la caricatura de una acusada aislada y sin apoyo. Sus vecinos firmaron una petición que respaldaba su conducta. Ella solicitó una oportunidad de refutar una supuesta marca corporal interpretada en su contra. Estos escritos sobreviven en el archivo de la Universidad de Virginia. Constituyen una defensa de su época, no una inocencia inventada siglos más tarde.

El jurado la declaró inicialmente inocente. Los jueces pidieron que reconsiderara el caso y el veredicto cambió a culpable. Su explicación posterior de unas palabras mal entendidas y de una pregunta que no había oído no alteró el resultado. Rebecca fue ahorcada el 19 de julio junto a otras cuatro personas. El episodio revela un proceso que podía admitir una petición favorable e incluso una primera absolución sin abandonar la conclusión preferida por la corte.

Su familia rompe otra versión simplificada: sus hermanas Mary Easty y Sarah Cloyce también fueron acusadas. Mary fue liberada tras una primera detención, denunciada otra vez y condenada. Antes de morir escribió a los jueces para pedir, por encima de salvarse a sí misma, que evitaran derramar más sangre inocente; solicitó que examinaran por separado a los acusadores y pusieran a prueba las confesiones. Su petición critica la forma de producir pruebas desde dentro de la tragedia, mientras todavía ocurría.

La crisis sale de Salem

En septiembre, Andover fue escenario de una prueba que deja ver cómo se extendían las acusaciones. Durante el “test del tacto”, personas acusadas eran vendadas y conducidas hasta quienes afirmaban estar afligidos. Si la aflicción cesaba tras el contacto, se interpretaba como confirmación de brujería. En una reunión se identificó así a por lo menos diecisiete supuestas “brujas”, incluso menores. Un efecto observado en una prueba sin controles no establece una causa sobrenatural; muestra cómo la propia regla fabricaba sospechosos.

Tampoco se acusó solo a mujeres. Cinco hombres fueron ahorcados. Giles Corey, marido de Martha Corey, se negó a declararse ante la corte. El 19 de septiembre murió bajo piedras utilizadas para forzarlo a responder. Ni fue quemado ni condenado por un jurado y después ejecutado. Los últimos ocho ahorcamientos ocurrieron el 22 de septiembre. En total, diecinueve personas fueron ahorcadas, una murió aplastada y cinco fallecieron en prisión o esperando ser liberadas: 25 muertes relacionadas con la crisis según el recuento del Salem Witch Museum. Las estimaciones de cuántos fueron “acusados” varían porque denuncia, orden de arresto, prisión y juicio son categorías distintas.

El fin de las ejecuciones no liberó a todos

Ante las crecientes críticas a las apariciones como prueba, Phips disolvió la corte especial en octubre de 1692. El nuevo tribunal que examinó los casos restantes en 1693 dejó de admitir pruebas espectrales. Otras tres personas fueron declaradas culpables, pero el gobernador impidió nuevas ejecuciones. Eso no hizo sencilla la salida de prisión: los presos debían pagar tasas de custodia. Lydia Dustin, aunque absuelta, murió encarcelada en marzo de 1693 porque no pudo reunir la suma necesaria para salir.

En 1697 se celebró un día público de ayuno y arrepentimiento; jurados reconocieron el error y el juez Samuel Sewall pidió perdón por su papel. La reparación civil avanzó lentamente. Una petición de 1703, firmada por supervivientes y familiares, afirmaba que la fragilidad de las pruebas y el daño a su reputación ya eran evidentes y pedía limpiar los nombres en los registros. En 1711 la colonia anuló algunas condenas y aprobó compensaciones, pero no incluyó a todos. Las rectificaciones continuaron durante siglos: Elizabeth Johnson Jr., condenada en 1693 y salvada de la ejecución, fue exonerada por vía legislativa en 2022.

El lugar de las ejecuciones y la memoria

Durante mucho tiempo se creyó que la horca había estado en la cima de Gallows Hill. Una revisión de mapas, descripciones del terreno y testimonios de vecinos del siglo XVII permitió confirmar en 2016 un lugar situado más abajo: Proctor’s Ledge. Un memorial posterior lleva los nombres de los diecinueve ahorcados. El desplazamiento parece pequeño en el mapa, pero enseña algo esencial para la investigación: incluso un lugar asentado por la tradición debía comprobarse con documentos.

Salem no fue una hoguera secreta de mujeres acusadas. Fue una sucesión registrada de denuncias, órdenes, exámenes, testimonios, veredictos, muertes, peticiones y reparaciones incompletas. Los papeles permiten conocer lo que las personas dijeron y lo que las autoridades decidieron; no prueban la brujería ni permiten atribuir una sola motivación a cada acusador. Queda abierta la medida exacta de cada presión individual. Lo inequívoco es el fracaso colectivo de un sistema que trató una alegación imposible de refutar como prueba suficiente para destruir vidas.

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Fuentes

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Estos enlaces ayudan a investigar el contexto; por sí solos no confirman las afirmaciones de la historia.